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Como analista autodidacta de la infraestructura turística, mi aproximación a los datos nace de la observación del terreno y del contraste de fuentes, no de la academia tradicional. En mi anterior nota sobre la Comunidad Valenciana, señalé la fricción que el auge turístico genera sobre el acceso a la vivienda, un problema que asfixia especialmente a la población joven y trabajadora.
Las ediciones corrientes del espacio académico denominado Coloquio de Geografía Turística aportan un interesantísimo material al respecto. Y considero que no representa un acto de vanidad personal (más bien todo lo contrario), afirmar que de sus páginas brotan sólidos argumentos de respaldo a la tesis general que sostengo en mi primer artículo de aproximación al asunto: el éxito macroeconómico de un destino no puede medirse al margen de su cohesión social.
Ante este diagnóstico, es frecuente escuchar el argumento de que el alto porcentaje de propietarios en España, o que la propia oferta turística, que representa una fracción menor del stock total de viviendas, vuelve marginal el problema. Decir que las viviendas de uso turístico representan un bajo porcentaje del conjunto habitacional de una gran ciudad es matemáticamente verificable, y, a la misma vez, sociológicamente próximo a la ceguera conceptual.
Investigaciones econométricas sobre Barcelona o la comunicación presentada en el XX Coloquio Internacional de Geografía del Turismo, sobre microdestinos como Adeje, demuestran que la presión no se distribuye de forma homogénea. Medir el impacto sobre la media municipal conduce a una trampa estadística, que invisibiliza la gentrificación turística, impulsa hacia el colapso el modelo tradicional de alquiler residencial y termina expulsando a la población local.
La geografía turística contemporánea ya ha superado esta disyuntiva mediante herramientas de reconocida precisión. Los estudios revelan que, mientras el impacto agregado en los precios del alquiler puede ser moderado a nivel macro, en las zonas de mayor concentración turística llega a ser severo.
En distritos específicos de Valencia, Barcelona o en los núcleos costeros canarios, la brecha de rentabilidad entre el alquiler vacacional y el residencial tiende a drenar el parque de vivienda tradicional. Aunque el problema de fondo no es la existencia del turismo, sino la asimetría territorial y la merma de oferta para quienes necesitan habitar la ciudad los doce meses del año, silenciar sus rasgos negativos no conducirá a una mejora.
Mi contribución a este vital debate parte del supuesto de que tanto la precisión en los itinerarios como su desestacionalización son importantes pero notoriamente insuficientes. La verdadera pregunta debe conllevar, en sí misma, la búsqueda siempre constructiva del consenso social y político: ¿la planificación del turismo del siglo XXI no exigiría rechazar los promedios y aferrarse a la precisión surgida de un mapeo que abarque en detalle un desafío poliédrico como pocos, en los que participan el territorio y sus recursos finitos, la ciudadanía expresada en sus diferentes roles y el enorme reto de amalgamar, sin perdedores, qué debe suponer semejante emprendimiento?
Un destino que no es habitable para su población, a la larga tampoco será sostenible para sus potenciales visitantes.
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2- El mapa de la vivienda vacacional en Adeje. Análisis del impacto territorial, económico y social.
3 - Las viviendas turísticas y sus consecuencias en barrios secundarios de ciudades intermedias: El ejemplo de Russafa (València) e Indautxu (Bilbao).
4 - ¿Afectan las plataformas de alquiler a corto plazo a los mercados inmobiliarios? Evidencia de Airbnb en Barcelona.
5 - El impacto de los apartamentos turísticos en el precio de los alquileres en València: Estudio comparado con Madrid y Barcelona.
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