Brasil 3 - Creación Qwen3.8
Este es el segundo capítulo de la serie Las próximas elecciones en Brasil. Si la primera entrega recorrió un siglo de desarrollo, esta se detiene en el eje político de ese recorrido: los tres mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva, dos entre 2003 y 2010 y uno iniciado en 2023. Ningún otro dirigente moldeó tanto el Brasil del siglo veintiuno, y ningún otro será tan discutido en las urnas de octubre. El objetivo aquí no es el retrato político sino el balance de indicadores: crecimiento, empleo, inflación, pobreza y riqueza, con sus avances y sus retrocesos.
Cuando Lula asumió por primera vez en enero de 2003, el país llegaba de la crisis cambiaria de 2002 y del miedo a la fuga de capitales. Su primera decisión económica fue la continuidad: mantuvo a Henrique Meirelles al frente del Banco Central y el régimen de metas de inflación, y sostuvo superávits primarios altos hasta que el viento externo cambió de signo. Con la subida de las commodities, ese colchón de credibilidad se transformó en espacio fiscal, y el gobierno pudo combinar ortodoxia inicial con la mayor expansión social de la historia reciente.
Los números del empleo explican la leyenda. Según las series del IBGE, el desempleo bajó del entorno del 12% en 2003 a menos del 7% en 2010, mientras el PIB crecía a un promedio cercano al 4% anual y el salario mínimo acumulaba aumentos reales superiores al 50%. El Bolsa Família llegó a unas 13 millones de familias y, en los cálculos que el propio IPEA y el Banco Mundial documentaron, cerca de 30 millones de personas salieron de la pobreza y el coeficiente de Gini cayó de 0,58 a 0,54. Fue la década de movilidad social más intensa que recuerda el país.
Los retrocesos de esa etapa fueron estructurales y políticos. La industria perdió participación en el PIB mientras la exportación se reprimarizaba hacia la soja, el hierro y el petróleo, y la productividad se estancó en un nivel bajo que nunca se recuperó. El escándalo del mensalão, en 2005, mostró el costo de la gobernabilidad de coalición, y la crisis de 2009 se enfrentó con éxito mediante estímulo contracíclico, pero dejó la semilla de un gasto que la década siguiente no pudo sostener. El pastel creció y se repartió mejor, pero la matriz que lo producía no cambió.
El regreso de 2023 encontró un país distinto: inflación que había superado el 10% con Bolsonaro y una deuda bruta por encima del 70% del PIB. Aun así, el tercer mandato cosechó cifras que el IBGE registró como históricas: el PIB creció 3,2% en 2023 y 3,4% en 2024, el desempleo cayó a mínimos de la serie iniciada en 2012, en torno al 6%, y la pobreza marcó mínimos históricos según los registros de la FGV. A ello se sumó la aprobación de la reforma tributaria que crea un IVA dual, el mayor cambio fiscal en décadas, y cosechas récord superiores a 300 millones de toneladas.
Los retrocesos, esta vez, son de calidad macroeconómica. La inflación se mantuvo cerca del 5% y el Banco Central llevó la tasa Selic al 15%, uno de los niveles reales más altos del mundo, con un costo crediticio que frena la inversión. La deuda bruta avanzó hacia el 80% del PIB, la fricción pública del presidente con la autoridad monetaria agregó incertidumbre, y el arancel del 50% que Estados Unidos aplicó a productos brasileños en julio de 2025 expuso la vulnerabilidad comercial de una economía concentrada en pocos socios. La industria, mientras tanto, sigue estancada en torno al 10% del PIB.
El balance social del tercer mandato es sólido pero defensivo. El Bolsa Família supera los 20 millones de familias y el salario mínimo volvió a ganar poder de compra, pero la informalidad ronda el 40% del empleo según el IBGE y buena parte del consumo popular se sostiene con crédito. La pobreza extrema cayó a mínimos, aunque persiste con rostro nordestino y negro, y la clase media que nació en los dos mil sigue a un shock de distancia de la vulnerabilidad. Lula protegió el piso social; no transformó el techo productivo.
Brasil 4 - Creación Qwen3.8
Comparadas, las dos épocas dibujan una misma economía con climas distintos. La primera creció y repartió con viento externo a favor; la tercera estabilizó y protegió sin viento, sostenida por el agro y el consumo interno. Lo que no cambió es el denominador común: un sistema tributario que grava el consumo más que la riqueza, una productividad estancada desde los ochenta y una inserción externa dependiente de commodities y de China.
Los avances fueron reales y masivos; los retrocesos, estructurales y persistentes.
Ese balance es el que llegará a las urnas. El oficialismo exhibirá el empleo récord y el piso social; la oposición, el precio de los alimentos, la tasa de interés y la deuda. Ninguna de las dos narrativas es falsa, y por eso el electorado brasileño vota con una división tan estable: compara lo que recibe del Estado con lo que paga en el supermercado. La economía de Lula no será el único factor de 2026, pero será el suelo sobre el que se dispute cada punto porcentual.
Con ese suelo queda servida la tercera entrega de la serie: las perspectivas electorales de octubre de 2026 y el destino posible del país según quien asuma la presidencia. Los indicadores de Lula, con sus luces de inclusión y sus sombras de productividad, son el punto de partida; el punto de llegada lo decidirá el votante. Brasil llega a esa cita con una pregunta abierta desde hace un siglo: crecer para repartir, o repartir sin crecer.
Series económicas y mercado laboral
IBGE: https://www.ibge.gov.br
Banco Central do Brasil: https://www.bcb.gov.br
Pobreza y política social
IPEA: https://www.ipea.gov.br
FGV IBRE: https://ibre.fgv.br
Contexto internacional
Banco Mundial: https://www.worldbank.org/en/country/brazil
Nota metodológica: este análisis se construyó sobre series históricas del IBGE y del Banco Central, registros sociales del IPEA y de la FGV y documentación del Banco Mundial; aquí se listan las fuentes primarias que sustentan el balance de los gobiernos de Lula da Silva.